Mientras la República se desangra bajo la tutela de un narco-Estado que ya ni siquiera se molesta en disimular sus afectos, el escenario nacional ayer alcanzó el clímax del cinismo. En el balcón de Palacio Nacional, ahí donde deberían rendirse cuentas sobre el blindaje de nuestra libertad, lo que tuvimos fue un espectáculo de distracción masiva.
La presencia de BTS bajo el amparo presidencial no es un gesto de "amistad internacional"; es una operación de ingeniería social diseñada para anestesiar a una ciudadanía que prefiere el fandom a la justicia. Mientras 50,000 almas gritaban en el Zócalo, en los rincones olvidados de México el "permiso" otorgado al crimen organizado sigue cobrando facturas en vidas humanas.
El circo ha sustituido a la gobernanza. Un gobierno que gasta capital político y logística de seguridad en proteger a una boy-band mientras entrega el territorio a los cárteles es la manifestación más pura de un Estado Excedido en lo banal y Pusilánime en lo vital. No es política, es una claudicación estética frente al terror. La soberanía no se defiende con coreografías; se defiende con la ley en la mano y el orden en las calles. Pero claro, es más fácil bailar en el balcón que confrontar al patrón.
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