Condesa: El teatro de la hipocresía entre la negligencia ciudadana y el cinismo estatal
El escándalo de los perros envenenados en la Condesa ha abierto una conversación plagada de victimismos convenientes y discursos prefabricados. Reducir el problema a la búsqueda de un "asesino en serie de mascotas" o a la acción desesperada de un particular para controlar la fauna feral es la salida fácil. La realidad es bastante más cruda y salpica por igual a dos actores que hoy se rasgan las vestiduras: los dueños irresponsables y las autoridades inoperantes.
Ambos bandos, desde sus respectivas trincheras de comodidad y omisión, incurren en formas sistemáticas de maltrato animal. Es momento de llamar a las cosas por su nombre, sin la corrección política ni el sentimentalismo barato que suelen blindar a la hipocresía social.
La simulación del "dueño amoroso": Negligencia que mata
Existe una narrativa absurda entre ciertos sectores de propietarios que celebran la detención de un sospechoso bajo la premisa de que las calles "por fin vuelven a ser seguras". La realidad es que la primera línea de peligro para un animal de compañía no es un cebo tóxico en la banqueta, sino la negligencia criminal de quien lleva la correa.
Permitir que un perro pasee sin bozal cuando tiene hábitos de pica, llevarlo suelto en la vía pública o desentenderse de lo que olfatea e ingiere en el suelo es una conducta francamente irresponsable. Cualquier sustancia en la calle —sea un veneno colocado intencionalmente, raticida municipal, residuos tóxicos o comida en descomposición— representa un riesgo letal.
Exponer a un animal bajo tu tutela a la ingesta de veneno por no estar atento a su manejo no es un accidente trágico: es una omisión del deber de cuidado. Bajo el marco normativo de la Ley de Protección a los Animales de la Ciudad de México, la omisión que deriva en sufrimiento, daño o muerte del animal constituye una forma explícita de maltrato. Quien no garantiza la integridad física de su mascota en la vía pública es cómplice de su tragedia.
La cobardía institucional: Autoridades cómplices por abandono
En el otro extremo de la mesa está el aparato gubernamental, tanto de la Alcaldía Cuauhtémoc como del Gobierno de la Ciudad de México. La proliferación incontrolada de fauna nociva o en situación de calle no cae del cielo; es el resultado directo de su incapacidad, falta de voluntad y absoluta carencia de estrategia técnica.
Las leyes locales imponen a las autoridades obligaciones claras en materia de control poblacional ético: campañas permanentes de captura humanitaria, esterilización masiva, control sanitario y vacunación. Sin embargo, la respuesta institucional suele limitarse al desdén presupuestal y al abandono del espacio público, esperando a que la crisis estalle para simular operativos de justicia.
La omisión de las autoridades al no retirar y gestionar la fauna en vía pública bajo los lineamientos de la NOM-033-SAG/ZOO-2014 es una violación flagrante a sus deberes de salud pública. Su inacción genera el terreno fértil para que surja la justicia por propia mano y la barbarie empírica. El Estado que ignora el problema sanitario en las calles es tan responsable del maltrato animal como el particular que coloca el veneno.
Dos caras de la misma moneda
Resulta ridículo exigir calles limpias y seguras cuando ni el ciudadano está dispuesto a asumir el costo de la tenencia responsable ni el funcionario público está dispuesto a desquitar su sueldo diseñando políticas de contención efectivas.
Los animales terminan pagando con la vida la factura del descuido privado y la indolencia pública. Mientras los propietarios sigan disfrazando su negligencia de victimismo y las autoridades sigan administrando el caos desde la comodidad de sus escritorios, la Condesa y el resto de la ciudad continuarán siendo el escenario de una comedia de cinismo donde todos se dicen defensores de los animales, pero nadie asume su responsabilidad.





