A México no se le acabó el tiempo para recaudar más; se le acabó el tiempo para gastar mal
En un reciente diagnóstico, el vicecoordinador de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados, Alfonso Ramírez Cuéllar, lanzó una advertencia severa: México bordea una crisis fiscal de dimensiones estructurales. Su tesis sostiene que el país sufre un raquitismo recaudatorio y que, para evitar que las garantías sociales se conviertan en meras «ilusiones constitucionales», es imperativo aplicar una reforma tributaria agresiva.
Sin embargo, ese diagnóstico comete un error de origen: asume que el problema de la hacienda pública es de ingresos, cuando en realidad es un problema severo de gasto y de calidad de la inversión.
Pretender exprimir a los contribuyentes, al sector productivo formal o a las empresas para seguir financiando la ineficiencia operativa y la caprichosa asignación de capital es no solo inviable, sino éticamente inaceptable. Antes de exigir mayores sacrificios a la ciudadanía, la Administración Pública Federal tiene la obligación innegociable de someter el Presupuesto de Egresos a una revisión profunda y rigurosa.
El verdadero boquete: La sangría del gasto ineficiente
Mientras la narrativa oficial apunta a la necesidad de aumentar los impuestos, el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF) 2027 plantea un gasto neto total que supera los 10.636 billones de pesos, manteniendo un déficit presupuestario insostenible de más de 1.44 billones de pesos.
El verdadero riesgo de perder el grado de inversión no proviene de la falta de impuestos, sino de la obstinación de destinar recursos escasos a proyectos sin rentabilidad social ni económica comprobable, así como a la absorción constante de las pérdidas de empresas estatales operativamente inviables.
Si la autoridad fiscal ejerciera una reingeniería de gasto guiada por principios de costo-beneficio, encontraría un margen de maniobra inmediato superior a los 187 mil millones de pesos mediante recortes en rubros superfluos:
- Tren Maya (Ramo 21): Recorte del 70% (Ahorro: $31.5 MMDP). Conclusión de tramos improductivos y transferencia de la operación comercial a esquemas de APP; cese inmediato de transferencias a fondo perdido.
- PEMEX / Dos Bocas (Ramo 18): Recorte del 60% (Ahorro: $72.0 MMDP). Frenar las transferencias a la división de Transformación Industrial y condicionar apoyos a un plan severo de auditoría y reestructuración operativa.
- SEGALMEX-DICONSA (Ramo 08): Recorte del 40% (Ahorro: $7.2 MMDP). Eliminación de tramos burocráticos propensos a la opacidad; sustitución por apoyo directo a la productividad del campo.
- Propaganda y Estructuras Duplicadas (Ramo 04 / Presidencia): Recorte del 65% (Ahorro: $5.5 MMDP). Compactación de la burocracia de análisis político y eliminación total del gasto de difusión institucional no sustantivo.
- Gasto Corriente Transversal (Servicios Generales - Capítulo 3000): Recorte del 35% (Ahorro: $29.75 MMDP). Digitalización de procesos, austeridad real en viáticos/viajes y consolidación de compras corporativas en toda la APF.
- Gasto de Personal Directivo (Capítulo 1000): Recorte del 20% (Ahorro: $22.0 MMDP). Compactación de mandos altos y coordinaciones redundantes sin impactar personal operativo, médico ni docente.
- Empresas Públicas Estatizadas de Transporte (Ramos 07 y 13): Recorte del 80% (Ahorro: $20.0 MMDP). Exigencia estricta de autosuficiencia financiera a unidades de negocio aeroportuarias y aéreas.
TOTAL AHORRO PROYECTADO: ~$187.95 MMDP (Equivalente a cerca del 1.77% del PEF, reduciendo directamente la necesidad de emisión de deuda neta).
La verdadera soberanía fiscal se construye con eficiencia
El Estado pierde legitimidad moral para exigir mayor cumplimiento tributario cuando el dinero recolectado se dilapida en subsidiar la ineficiencia.
El verdadero "salto" que México necesita no es una reforma fiscal recaudatoria que asfixie el desarrollo productivo. El verdadero salto estriba en una gestión pública eficiente y con rendición de cuentas:
- Evaluar el gasto bajo criterios de impacto real: Cada peso gastado debe medirse por la calidad del servicio público prestado y la infraestructura social generada, no por la magnitud del cheque transferido.
- Respetar la sostenibilidad económica: El déficit público no puede ser la norma permanente para disfrazar proyectos caprichosos de inversión pública.
- Proteger los derechos esenciales: Salud, educación, seguridad y certeza jurídica no deben convertirse en "ilusiones". Para blindar esos derechos, primero hay que dejar de alimentar las estructuras burocráticas e infraestructura improductiva que hoy consumen el margen fiscal del país.
La solución al riesgo fiscal está en la casa del propio gobierno, en su presupuesto y en su disciplina de gasto. Antes de voltear a la bolsa del ciudadano, la federación debe aprender a limpiar la suya.
