El apocalipsis como política pública: Irán y el fracaso de los valores sobre los principios
Lo que estamos viendo con Irán no es un conflicto geopolítico ordinario; es el recordatorio más sangriento y estúpido de lo que sucede cuando permitimos que el "imaginario" de unos clérigos secuestre la realidad de todo el planeta. La justificación del ataque es tan lógica como aterradora: no puedes negociar con quien gobierna basándose en profecías y "valores" celestiales, porque para ellos, destruir el mundo real es solo un trámite para alcanzar su pinche paraíso prometido. He aquí la prueba máxima: gobernar con valores —esa bazofia subjetiva y moralina— es la amenaza más letal contra la libertad y el desarrollo humano.
Mientras el mundo civilizado intenta construir redes de valor, estabilidad económica y derechos tangibles, los gobiernos teocráticos operan bajo una alucinación colectiva. Para estos fundamentalistas, la vida humana es moneda de cambio para sus delirios espirituales. El problema no es solo el islamismo; el problema es cualquier sistema que pretenda que su "verdad" revelada sea ley obligatoria. Cuando un Estado se guía por valores religiosos, deja de ser un gestor de la vida real para convertirse en un culto con armas nucleares. Es la antítesis del diseño funcional y la victoria de la pendejez dogmática sobre la inteligencia estratégica.
Entendamos la diferencia antes de que nos lleve la chingada a todos: los valores son el pretexto de los tiranos para decirte cómo vivir, a quién amar y por qué morir; son mutables, hipócritas y siempre terminan en exclusión o guerra. Los principios, en cambio, son las reglas del juego que permiten que incluso los que se odian puedan coexistir sin volarse la cabeza. Un gobierno basado en principios —como la libertad individual, la propiedad y la responsabilidad— es un árbitro técnico. Un gobierno basado en valores es un verdugo con complejo de mesías.
El ataque a Irán nos escupe en la cara una verdad que muchos se niegan a aceptar por corrección política: toda religión en el poder es la principal enemiga de la libertad. No hay "versiones moderadas" cuando el dogma se sienta en la silla presidencial. Si permites que la base de un gobierno sea un libro sagrado en lugar de un código de ética secular y lógico, estás firmando una sentencia de muerte para el progreso. La libertad no puede sobrevivir donde la obediencia a lo invisible es la norma suprema.
Basta de tibiezas. El mundo real exige arquitectos de la realidad, no administradores del alma. Si queremos desarrollo y paz, debemos exigir gobiernos que se bajen de la nube, dejen de rezar y empiecen a diseñar sistemas donde la religión sea lo que siempre debió ser: una opción privada, pequeña e irrelevante para la política pública. O expulsamos a los dioses del presupuesto y de la ley, o seguiremos viendo cómo el fanatismo de unos cuantos pendejos con sotana o turbante pone en jaque la existencia de todos. ¡Principios o barbarie, no hay más!
Visio, Actio, Transformatio.
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