La narrativa contemporánea ha intentado disfrazar la paridad como un triunfo de la justicia social, cuando en realidad no es más que la formalización de la mediocridad. Al imponer cuotas, se lanza un mensaje devastador: el individuo, por sí mismo, es incapaz de conquistar un espacio si no es mediante la intervención asistencialista del Estado o de las organizaciones.
No existe mayor insulto para un profesional brillante que saber que su silla no fue ganada en una arena de gladiadores intelectuales o técnicos, sino reservada por un decreto de género o identidad. La paridad no abre puertas; construye andaderas para quienes no tienen la fuerza de caminar por cuenta propia.
- El estigma de la cuota: Quien llega por paridad siempre cargará con la duda razonable de su capacidad.
- La erosión del respeto: En un sistema de mérito puro, el respeto se emana de la superioridad demostrada. En un sistema de paridad, el respeto se exige por decreto, lo cual es una contradicción biológica y social.
Cuando la paridad se infiltra en sectores críticos —como la medicina, la ingeniería o la alta dirección pública—, el riesgo deja de ser ideológico para volverse vital. La competencia no es un ejercicio de exclusión caprichosa; es un filtro de seguridad.
- Si la selección de un cirujano o de un tomador de decisiones en políticas públicas se ve alterada para cumplir con una proporción estadística, se está sacrificando la optimización de resultados en favor de una fotografía "políticamente correcta".
- La competencia humilla a la mayoría porque la excelencia es, por definición, escasa. Intentar democratizar la cima de la pirámide solo logra achatarla.
Actuar bajo estándares de vida elevados implica reconocer que la generosidad no es una inversión para que el otro mejore, sino una manifestación de principios propios. Sin embargo, en el ámbito laboral y público, la justicia real no es regalar espacios, sino permitir que el mejor prevalezca.
"La paridad es la confesión abierta de que no se cree en la capacidad de los grupos que se dice defender."
Si se necesita un marco legal para "incluir" a alguien, se está validando su inferioridad competitiva. La verdadera igualdad reside en la crudeza del examen, en la frialdad de los datos y en la victoria del más apto, sin matices que suavicen la realidad para los que se quedan atrás.
Conclusión
La paridad es un peligro porque castiga al extraordinario para no incomodar al ordinario. Es una herramienta de control que busca uniformar lo que naturalmente es diverso en talento y capacidad. Defender el mérito no es un acto de soberbia, es el cumplimiento de un estándar de vida que se niega a descender a la complacencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario