La Educación no es un Púlpito: El Berrinche de Arriaga y la Urgencia del Rigor
El reciente desplante de Marx Arriaga, quien tras ser removido de la Dirección General de Materiales Educativos ha optado por llamar a una "insurrección", no es más que la confirmación de una patología crónica en el sistema mexicano: el mesianismo burocrático. Estamos ante un personaje que confunde el servicio público con una cruzada personal y los libros de texto con panfletos de reclutamiento.
El Estado como Rehén de la Ideología
La izquierda "gobiernícola" ha operado bajo la premisa de que la educación es un botín ideológico. Durante su gestión, Arriaga no buscó la excelencia académica ni la competitividad de los jóvenes mexicanos en un entorno global; buscó sembrar resentimiento y nostalgia por modelos fracasados. Su llamado a la insurrección no es por la patria, es por la pérdida de la plataforma que le permitía pontificar con dinero ajeno.
El papel del Estado debe limitarse a establecer un marco jurídico sólido que garantice la libertad, no a convertirse en un adoctrinador de masas. Cuando el Estado falla en su deber de proporcionar un orden basado en la razón y se dedica a financiar delirios insurgentes de sus funcionarios, la sociedad civil tiene la obligación de dar un paso al frente.
Ciencia vs. Dogma: La Única Vía
La reconstrucción de México no pasará por las barricadas de un burócrata despechado, sino por la articulación de redes de valor que exijan rigor. Necesitamos una educación:
Laica: Sin dioses, pero sobre todo, sin santos políticos ni dogmas de partido.
Científica: Basada en hechos comprobables, matemáticas y lógica, no en interpretaciones sentimentales de la historia.
Eficiente: Que prepare a individuos independientes, capaces de tomar riesgos calculados, no a súbditos dependientes de la narrativa oficial.
Es imperativo que unifiquemos la exigencia: no permitiremos que la formación de capital humano sea el laboratorio de experimentos de tipos que, fuera de la nómina pública, no sabrían generar un solo peso de valor real. La educación debe dejar de ser el brazo armado de la propaganda para convertirse en el motor de la libertad individual.
Marx Arriaga es el ejemplo vivo de por qué la educación debe ser, esencialmente, privada y el Estado debe limitarse a garantizar que sea laica, libre de ideologías y basada en la ciencia. Su relevancia es proporcional a su cercanía con el presupuesto; fuera de él, no es más que un ruido molesto en la frecuencia de la reconstrucción nacional.
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