Lo de Marx Arriaga no es un accidente; es el síntoma más purulento de la apropiación patrimonialista del Estado. Estamos ante el refugio natural del incompetente: aquel que, incapaz de generar un solo centavo de valor en el mercado real o de sostener una responsabilidad productiva, se incrusta en el erario para medrar a costa de todos. Es el triunfo de la mediocridad sobre la meritocracia.
El Círculo Vicioso de la Incompetencia
El problema escala porque no solo tenemos funcionarios parásitos, sino una sociedad anestesiada. Nos estamos convirtiendo en una ciudadanía que ha perdido el músculo de la exigencia, acostumbrada a navegar en la inmundicia institucional.
A nivel Federal: El saqueo ideológico y presupuestal.
A nivel Estatal y Municipal: El descuido cínico de lo inmediato.
La gente se está habituando a vivir entre desechos —intelectuales y materiales— y ha olvidado que un servidor público no es un monarca, sino un empleado que debe rendir cuentas con resultados lógicos y prácticos, no con retórica barata.
Si no somos capaces de articular redes de valor que confronten esta degradación, el ordoliberalismo y la libertad que defendemos se perderán en el ruido de una sociedad que ya ni siquiera sabe que tiene derecho a algo mejor.
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