Seamos claros y dejémonos de eufemismos de café de San Ángel: la economía de México no está en "pausa", ni en "crecimiento moderado", ni en ninguna de esas etiquetas tibias que inventan los analistas para no perder sus bonos. La economía mexicana va directo al despeñadero, y lo hace con una sonrisa estúpida en el rostro mientras el resto del mundo observa con una mezcla de lástima y morbo.
El problema no es el precio del petróleo, ni la inflación global, ni el "imperio". El problema es una combinación letal de pantomima política y cobardía ciudadana.
Estamos viviendo la era dorada de la ocurrencia. Hemos sustituido la planificación estratégica, la eficiencia técnica y el rigor sistémico por el "se me ocurrió desayunando". Gobernar un país no es manejar un puesto de garnachas —aunque, para ser justos, el del puesto de garnachas suele tener una contabilidad más clara y un sentido de la eficiencia mucho mayor que nuestras actuales cúpulas—.
Mientras el mundo compite en inteligencia artificial, logística de alta velocidad y soberanía energética real, aquí seguimos apostando por el capricho del día. La eficiencia ha sido desterrada por ser considerada "aspiracionista" o "demasiado técnica". Pero la realidad es terca: la economía no entiende de buenas intenciones ni de discursos mañaneros; entiende de rendición de cuentas, de infraestructura lógica y de certidumbre. Sin eso, lo único que estamos construyendo es un ecosistema de miseria repartida.
Pero no nos engañemos, el gobierno es solo el síntoma; el tumor real está en la silla de afuera. Los mexicanos nos jactamos de ser "muy entrones", de "no rajarnos" y de tener un ingenio inigualable. Mentira. A la hora de la verdad, ante el atropello a nuestra libertad económica y la destrucción de nuestro futuro, somos el pueblo más pusilánime que ha pisado el continente.
Nos encanta quejarnos en las redes (facebook o X, o como se llame hoy el muro de los lamentos digital), pero somos expertos en agachar la cabeza y estirar la mano. Hemos confundido la resiliencia con el masoquismo.
¿Sube el impuesto por un capricho innecesario? Ni modo, hay que trabajar más. ¿Se destruye la certeza jurídica? Bueno, Dios proveerá. ¿Nos mienten en la cara con datos que no aguantan una suma de primaria? Es que el otro robaba más.
Esa actitud de siervo, esa falta de dignidad para levantar la voz y exigir una gestión de alto nivel, es el combustible que mantiene encendido el motor del fracaso. Un gobierno de ocurrencias solo sobrevive donde hay un pueblo de silencios.
La soberanía individual y la solidez de nuestros estándares de vida no se negocian, pero aquí las estamos subastando por unas cuantas monedas de "bienestar" que no alcanzan ni para la canasta básica del próximo mes. La eficiencia no es una opción técnica, es un imperativo ético.
Mientras el ciudadano promedio siga prefiriendo la seguridad de la servidumbre al riesgo de la libertad y la exigencia, la economía seguirá su curso natural hacia abajo. Porque el dinero, a diferencia de los votantes, no tiene sentimientos: huye de donde hay ignorancia y se queda donde hay orden.
México no necesita más promesas, necesita más pantalones. Mientras sigamos siendo una nación que agacha la cabeza ante la ineficiencia, nuestro destino no será la transformación, sino la intrascendencia absoluta. Buen provecho con su ración de ocurrencia diaria; el último que apague la luz, si es que todavía queda red eléctrica para entonces.
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