A menudo, en los ecosistemas de gestión, surge una voz insidiosa que invita a la "relajación". Se nos sugiere, con una mezcla de condescendencia y pereza, que exigir la excelencia es un exceso, que lo "suficiente" es el puerto seguro y que el rigor es una carga innecesaria.
Permítanme ser tajante: la mediocridad no es una opción de vida, es una renuncia a la dignidad.
Cuando decidimos transigir en la calidad de lo que hacemos, no solo estamos entregando un resultado pobre; estamos erosionando la estructura misma de nuestra economía y degradando nuestra propia trascendencia. La Recticuentación no es un accesorio técnico que se utiliza cuando el entorno es favorable; es el imperativo ético que rige mi gestión. Es la manifestación de principios innegociables diseñada para blindar la libertad individual frente al ruido de la complacencia.
Sugerir que debemos bajar el estándar para "encajar" o para facilitar la inercia ajena es un ataque directo a la soberanía profesional. Mi generosidad, mi tiempo y mi capacidad de articulación no son inversiones en la mejora de quien no desea esforzarse. Son, simplemente, la expresión de estándares de vida que no estoy dispuesto a subastar.
En un mundo que celebra la tibieza, el rigor es un acto de rebeldía. Yo elijo la solidez. Elijo la articulación estratégica de alto nivel. Elijo, por encima de todo, no actuar jamás por debajo de mis propios principios.
La excelencia no se negocia, se ejerce.
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