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lunes, 8 de junio de 2026

El engaño de la franquicia vacía

El mito más estúpido y arraigado en la partidocracia actual es creer que las siglas de un logotipo en la boleta tienen vida propia, alma o capacidad de gestión. No, señores dirigentes y analistas de cubículo: en Coahuila no ganó "el PRI" como ente abstracto; ganaron los ciudadanos de carne y hueso que fueron postulados por esa plataforma y un partido local.

Mientras la clase política —y gran parte del electorado— siga sumida en la ignorancia de creer que las franquicias partidistas ganan elecciones por el simple peso de su membrete, seguirán entregando gobiernos mediocres y campañas vacías. Cuando un ciudadano cruza la boleta, está depositando su confianza (o su última pizca de tolerancia) en una persona. El partido es un mero vehículo legal, una ventanilla obligatoria para el registro, no una garantía de competencia ni un cheque en blanco.

Creer que las siglas ganan solas es el camino más rápido al fracaso institucional. La marca partidista puede dar estructura, pero sin un perfil sólido, es solo un cascarón inútil.

Para entender por qué la obsesión con las marcas es una soberana pendejada, hay que desmenuzar cómo funciona realmente el vínculo entre el elector y el poder:

El perfil mata las siglas: Un candidato con trayectoria, empaque y arrastre social levanta las siglas más desgastadas. Por el contrario, un parásito político o un improvisado hunden la marca más posicionada. La gente vota por rostros y por historias, no por estatutos internos.

La ilusión del voto cautivo: Confiar el triunfo al "voto duro" o a la inercia de la estructura es el pecado de los pusilánimes. El electorado actual es pragmático; evalúa la viabilidad de la persona y su capacidad real para resolver problemas, no su lealtad al color del trapo.

El imperativo del buen gobierno: La única forma de validar una postulación es a través de resultados tangibles y propuestas técnicas sólidas. Quien llega al poder arrastrado por la inercia de una marca, sin un perfil preparado, termina entregando administraciones deplorables que destruyen el futuro de la ciudadanía.

La complacencia de las dirigencias partidistas ha convertido los procesos de selección en un mercado de favores y cuotas de poder. Es urgente romper esa dinámica de mediocridad. No basta con colgarse de una estructura; se requiere un ejercicio implacable de rendición de cuentas desde la misma postulación.

Si los partidos políticos quieren mantener un ápice de relevancia en el tablero actual, deben asumir que actúan como simples intermediarios. Su única obligación real es auditar, filtrar y presentar los mejores perfiles ciudadanos: hombres y mujeres con la solidez técnica y la estatura ética necesarias para ejercer el poder con dignidad y trascendencia. Seguir apostando a la pura franquicia no solo es un error estratégico; es una irresponsabilidad que atenta directamente contra la libertad y el desarrollo de la sociedad.


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