La libertad no es una concesión divina ni un regalo de algún mesías; es una conquista de la razón que hoy, más que nunca, está bajo asedio por el misticismo barato y la moralina de sacristía. Entendamos de una vez por todas: mezclar el "alma" con el Estado no es espiritualidad, es un pinche sabotaje a la realidad. Los gobiernos no están para salvar espíritus, están para gestionar la vida real, y la vida real se rige por principios, no por los valores subjetivos de quienes necesitan un manual de hace dos mil años para saber cómo no ser unos bárbaros.
Es irrelevante si el dogma viene de una mezquita, de una catedral o de un culto de moda. Tan nefasto es el islamismo radical como el cristianismo entrometido; todas son variantes de la misma enfermedad: la pretensión de gobernar a los vivos con las reglas de los muertos. La religión pertenece al reino del imaginario, ese espacio privado donde cada individuo es soberano de creer en lo que se le pegue la gana, desde la resurrección hasta los unicornios. Pero en el momento en que ese delirio personal intenta cruzar la puerta de la administración pública, debe ser repelido con la fuerza de la lógica.
El gobierno debe ser una maquinaria fría, analítica y técnica. Un diseño de engranajes donde la libertad individual sea el eje central. No necesitamos gobernantes que miren al cielo buscando respuestas; necesitamos arquitectos de redes de valor que establezcan reglas claras para que hasta el más fanático y el más ateo puedan convivir sin matarse, siempre bajo un marco de ordoliberalismo donde la ley sea la única autoridad.
La trampa está en los "valores". Esos son el caballo de Troya con el que nos quieren meter la obediencia por la garganta. El Estado debe basarse en principios objetivos —libertad, propiedad, responsabilidad—, porque los valores son el disfraz de la tiranía moral. Toda religión, por su propia naturaleza dogmática, es la principal enemiga de la libertad. Exige sumisión donde nosotros exigimos disrupción. Exige fe donde nosotros exigimos hechos.
Ya basta de permitir que el imaginario colectivo secuestre la política pública. Si quieres rezar, vete a tu templo; si quieres gobernar, sujeta tus dogmas y garantiza que este país funcione sobre la tierra, no sobre las nubes. La verdadera paz no nace de la oración, sino del respeto absoluto a la libertad individual frente a cualquier intento de control teocrático. ¡O somos ciudadanos libres o somos siervos de un mito, pero las dos cosas no se pueden!
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